Por qué la salsa no puede morir: presentación del libro sobre la vida musical de Don Perignon

Por: Dr. Ricardo Rodríguez Santos
Universidad de Puerto Rico en Carolina

Es un honor acompañarlos hoy (15 de mayo de 2025) en esta presentación del libro que recoge la vida y trayectoria de un gran músico puertorriqueño: Pedro Morales Cortijo. Agradezco profundamente a la compañera Bella Martínez, autora del libro, por haberme extendido esta invitación.

Imagenes: Francisco Rivera

Pedro y yo somos contemporáneos (aunque, por supuesto, no entraré en detalles sobre nuestras edades). Compartimos experiencias históricas que nos marcaron y definieron profundamente. Nuestra niñez transcurrió en la década de 1960, un período musicalmente diverso: rock and roll, twist, boogaloo... Sin embargo, me atrevo a afirmar que fue la música de los años setenta la que más huella dejó en nosotros.

En esos años brillaban figuras que ya son leyenda: el rey del timbal y del Palladium; el de las manos duras que se creía Supermán; aquel malote perseguido por la justicia; el sol de la música latina que le cantaba a los días bonitos; un Judío Maravilloso que perseguía a Encarnación, y un bongocero espacial que, en su nave Apolo, emprendía rumbo a las estrellas, jurando por la madre del inventor del cigarrillo con filtro que se fumó Chita, la mona de Tarzán. Y muchos, muchísimos más. Fue, sin duda, lo que hoy recordamos como la época dorada de la salsa.

A comienzos de esa década, un mulato de voz dulce y potente definía aquel fenómeno musical al entonar estos versos:

La palabra del blanco
con el ritmo del negro,
ya le llaman así
(Guaguancó)...

Siempre y cuando
que sobre toda belleza
haya siempre una tristeza
para cantar...

Negro y blanco,
profunda naturaleza,
simple como le interesa
—óyelo bien— a un bonito corazón...

Desde mi perspectiva histórica, la evolución de la salsa puede observarse desde dos vertientes: la salsa rumbera y la salsa del afinque. La primera se enfoca en la descarga instrumental —donde el cantante juega un papel secundario—. En aquellos tiempos, los cocolos éramos fieles devotos de los solos de conga, timbal y bongó. Recuerdo, por ejemplo, ver a Ray Barretto en un club de la marginal de Isla Verde. Cuando subía al escenario, la pista de baile se vaciaba: todos queríamos verlo descargar en la tumbadora, de cerca. Por otro lado, estaban las orquestas que apostaban por un ritmo más bailable, más marcado. Pienso, por ejemplo, en agrupaciones como La Sonora Ponceña.

Aunque gran parte del movimiento salsero se desarrolló en Nueva York, en Puerto Rico también florecieron músicos y orquestas fuera del dominio de la Fania. Pienso en Agustín Arce, El Sabor de Nacho y, por supuesto, El Gran Combo de Don Rafael Ithier.

De forma resumida, yo divido la salsa en rumba y afinque. Y cuando pienso en lo bailable, tres conceptos me vienen a la mente: swing, afinque y saoco, tres ingredientes esenciales para mover el cuerpo salsero.

Ya en los años ochenta, la salsa comenzó a perder terreno frente al auge del merengue entre los bailadores. Nueva York dejó de ser el principal centro salsero y la escena se trasladó a la isla, donde florecieron clubes musicales y surgieron nuevas oportunidades para orquestas como El Gran Combo, Willie Rosario, La Sonora Ponceña y, más adelante, Don Perignón. Estas agrupaciones ofrecieron su swing al público, manteniendo vivo el espíritu bailable de la salsa. Luego llegó la llamada “salsa romántica”... pero aún quedaban opciones para los salseros de corazón: canciones sabrosas, con swing, afinque y saoco.

Este recorrido —que solo esboza, a grandes rasgos, el contexto— nos sirve de marco para entender los inicios de la salsa y el papel fundamental que ha desempeñado Pedro Morales Cortijo en su desarrollo. Sobre este tema gira precisamente el libro que presentamos hoy: La salsa no puede morir... así dice Perignón.

La autora, Bella Martínez, nos regala un trabajo profundo, fruto de su pasión por la salsa y la investigación. A partir de lecturas y entrevistas, construye un retrato vívido de Pedro, desde su infancia hasta sus primeros pasos en la música. Destaca el papel de su familia, sus amigos, sus inicios en escenarios informales y los desafíos que enfrentó. Conoceremos el nacimiento de su orquesta La Puertorriqueña y su evolución como director.

Especialmente conmovedor es el enfoque humano e íntimo con que se aborda la vida de Pedro: su lucha por equilibrar la crianza de sus hijos con las exigencias de la vida profesional. El resultado de ese esfuerzo es, a mi entender, una orquesta de sonido potente y limpio, con lo que no puede faltar: swing, afinque y saoco.

Felicito sinceramente a Bella por este trabajo tan bien logrado y tan bien escrito. Y a ustedes los invito a leerlo. Estoy seguro de que lo disfrutarán tanto como yo y comprenderán mejor por qué, después de tantas décadas, seguimos afirmando que la salsa no puede morir.

Como dice la canción:

Qué no muere la salsa
no muere na'
Qué no muere la salsa
no muere na'
Qué no muere la salsa
no muere na'
no muere na'
no muere na'

No te equivoques por el tono de mi tez, porque es que a mí el ritmo me sube por los pies.

Qué no muere la salsa
no muere na'
Qué no muere la salsa
no muere na'
Qué no muere la salsa
no muere na'
no muere na'
no muere na'

El colorao del norte lo entiende muy bien; que aunque blanca, blanquita, tú veas mi piel, a mí el ritmo me sube por los pies.

Qué no muere la salsa
no muere na'
Qué no muere la salsa
no muere na'
Qué no muere la salsa
no muere na'
no muere na'
no muere na'

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